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El asesino


"Y a instancias del enemigo de la Humanidad se permiten cometer y perpetrar las más espantosas iniquidades y las más repugnantes abominaciones.”
Bula del Papa Inocencio VIII, "Malleus Maleficarum"


La cámara estaba casi a oscuras, se deslizaba en su interior un débil resplandor de antorcha por la puerta que se acababa de entrecerrar en silencio. Afuera, el sol hacía poco que se acababa de poner y en oriente el cielo encendido se iba llenando de estrellas.

En la oscuridad se oía la voz de un hombre, que iba repitiendo en voz alta una y otra vez unas frases ininteligibles, pero a la joven que dormía en el fondo de la habitación no le llegaban más que como ecos desvanecidos en un sueño.

La voz repetía su letanía sin preocuparse de nada más, como si no le importase que lo sintiera quien dormía. Sonaba nerviosa y frágil ahora, casi ridícula, una voz nasal desagradable, a veces estridente, a veces inaudible, como los desvaríos de un loco. Y de loco sin duda era el aspecto de quien así hablaba, una figura demasiado alta, desgarbada, su piel, de una blancura grasienta, cubierta de un sudor frío que le aferraba la camisa blanca al cuerpo. La cabeza, completamente afeitada, inclinándose hacia delante, con unos ojos ordinarios con las pupilas dilatadas en la penumbra de la cámara.

Si la joven entendiera el idioma antiguo en el que hablaba comprendería la amenaza que había en sus palabras y si pudiera despertarse lo creería un asesino, su asesino, pero no vería en él deleite por lo que iba a hacer y dudaría de su firmeza cuando ella reparase en que la mano izquierda, que portaba una espada desenvainada, temblaba ostensiblemente.

El sudor que bañaba su calva frente le iba goteando al hombre por toda la cara, y gotas caían desde la nariz y el mentón al suelo y, después, a medida que se acercaba a la joven, sobre el damasco del lecho donde reposaba e incluso sobre su cuerpo, haciendo que se moviera débilmente en sueños.

El hombre estaba ahora sobre ella, medio inclinado, con la espada alzada, preparado para golpear, pero no se fijó en el cuerpo desnudo, magnífico, de su víctima, en su carne firme y flexible, ligeramente rosada, en la plenitud, en la larga cabellera oscura y rizada, en el rostro armonioso, perfecto y lascivo al mismo tiempo, de la que iba a ser su víctima.

Parecía que la joven, al fin, había percibido la amenaza que se abatía sobre ella y luchaba por volver a la conciencia, para despertar de un sueño demasiado profundo, en el que la voz parecía haberla sumido, como por ensalmo. Era el suyo el esfuerzo de un náufrago que lucha contra el remolino que lo está engullendo.

Sólo llegó a oír la última palabra del hombre, musitada sobre su rostro, casi rozándole los labios tan rojos:

—Amén.

La conciencia regresó de golpe a su cerebro. El asesino calló ahora y con la mano derecha se persignó rápidamente. Cuando los ojos de ella se abrieron, espantados, atravesó su corazón con la espada e inmediatamente después le cortó la cabeza con un solo golpe salvaje, con la destreza de un verdugo.

Al cabo de poco tiempo, el hombre salió de la cámara. Se dirigió, ya con seguridad, con cierta satisfacción profesional, a los hombres que lo esperaban.

—Está hecho.

Visiblemente emocionados, lo felicitaron con la firmeza de los campesinos, mientras el hombre se ponía un gastado jubón de soldado y bebía vino de una bota.

—Quemadla.

Y así lo hicieron. Después, marcharon todos del cementerio, mientras las llamas consumían el interior de la cripta.

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