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Homenaje a Voltaire


Hállanse de ordinario ser mui otras las cosas de lo que parecían; y la ignorancia que no passó de la corteza se convierte en desengaño quando se penetra al interior.
Baltasar Gracián



En estos bochornosos días de estío, un lector desocupado y curioso podría bucear en las hemerotecas y descubrir la historia de Voltaire Makanda, que sucedió hace cosa de unos años teniendo como marco incomparable la bulliciosa Ciudad Condal.
Apenas fueron unas breves líneas en el diario, pero Voltaire Makanda logró que su recuerdo perdurase hasta el infinito y más allá.

Érase una vez en las ramblas barcelonesas repletas de turistas un sujeto llamado Voltaire Makanda, al que podemos darle con toda seguridad como origen algún remoto país del África negra y francófona. La memoria flaquea llegados a este punto y la doctrina no es pacífica al respecto. Unos lo hacen natural del Camerún, otros lo consideran congoleño.
"Quot capita, tot sententiae", que diría algún clásico. Hay una opinión por cada cabeza.

Prosigamos con nuestro emocionado recuerdo.

El tal Makanda, al que en nuestra natural afabilidad no podemos suponer que tuviera el alma tan negra como su piel (si calificarla como betún o ébano, no es tarea mía, sino de poetas más inspirados que un servidor), se dedicaba al noble oficio de birlar lo ajeno.
Voltaire Makanda robaba bolsos a los turistas. Aprovechaba su excelente constitución para una vez seleccionada la presa, abalanzarse sobre ella y tras obtener la cartera o bolso en cuestión, se convertía en digno émulo de Carl Lewis y si la ocasión se terciaba y los obstáculos se presentaban, hasta era un Edwin Moses redivivo.
Si no sonase tan políticamente incorrecto, podríamos decir que el negro ladrón corría que se las pelaba.
Si bien sus pies eran veloces, no es menos cierto que nadie aunque sea de pies ligeros como el mismísimo Peleida, puede sustraerse a su propio destino.
Y Voltaire Makanda estaba a punto de enfrentarse a él. En forma de gordinflón, además.
Como leopardo acechante, avistó a un par de turistas más cerca de la venerable ancianidad de un Néstor que de la bizarría de un Diomedes. Eran un par de orondos vejetes cuya piel lechosa denotaba un origen cercano a la remota Thule o quizá incluso provinieran de la legendaria Vinlandia.
Caminaba la mujer con su bolso y el marido portaba paraguas a la sazón.

Voltaire Makanda fue certero, arrebató el bolso a la viejecilla pero no fue lo suficientemente célere. Mientras el ladronzuelo se alejaba del lugar del crimen, el viejecillo gordinflas tuvo tiempo de darle un leve pinchazo en la nuca con el paraguas, apenas fue un roce.
Non asestóle tremendo paraguazo, las achacosas fuerzas del anciano no daban para más.
Zumbando salió el africano, corriendo emprendió la huida. Atrás quedaron los lamentos e imprecaciones de los turistas desvalijados.
Voltaire Makanda finalmente llegó a la pensión donde malvivía y al cabo de unas horas comenzó a sentirse mal. Pasaba el tiempo y el malestar aumentaba. Finalmente decidió acudir al médico.

Demasiado tarde.

Pronto el Segador Implacable lo llevaría ante un tribunal que no admite apelación alguna.
No fue la mano de Dios la que lo castigó. La autopsia demostró que en la nuca tenía un pequeño pinchazo de escasos milímetros, producido por la punta de un paraguas. La minúscula herida había causado una hemorragia interna, tan inadvertida a simple vista como trágica finalmente para Voltaire Makanda.
La policía, como hubiese interrogado a los testigos del paraguazo, procedió a la búsqueda del sospechoso y elaboró un retrato robot del sospechoso según la siguiente descripción, tal que así:

Varón blanco, de cincuentaytantos y luengas barbas blancas. De complexión gruesa, por no decir gorda. Por toda indumentaria vestía camisa y pantalones cortos blancos. Pertrechado con paraguas y sandalias.

Huelga decir que todavía lo están buscando. El crimen sigue impune y el sospechoso en la calle.
El negro que robó al padre de Carlos Sáinz tuvo más suerte, la Justicia mal que bien intervino. La muerte de Voltaire Makanda, empero, no ha tenido todavía la oportunidad de ser expiada.
Hay un turista homicida pululando por esos mundos de Dios, y su mortal destreza con el paraguas sólo es comparable a la de Rutger Hauer con el estoque en Furia Ciega.
Seguro que en estos momentos, si existe un ápice de Justicia en la bóveda celeste, Voltaire Makanda comparte el paraíso con almas bienaventuradas.

Voltaire está en el cielo. Robando bolsos, evidentemente.

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