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Hunc deorum templa reparaturum



Después de que el bárbaro Odoacro destituyera al Augusto de Occidente, verdaderamente indigno de tal nombre, sin dignarse siguiera a matarlo, tan grande era su soberbia y tan abajo había caído el poder romano, durante más de medio siglo los conquistadores bárbaros permitieron abiertamente que se siguiesen nombrando cónsules y magistrados en Roma, como un vestigio de las costumbres y la virtud del pasado. Sin embargo, ni en medio de sus banquetes en los que el vino y la sangre corrían por igual, nunca pasó por sus intonsas cabezas revestirse con la púrpura y ceñir la diadema de los Césares, incluso salvajes como estos comprendían la imposibilidad de tal sacrilegio.

Teodorico y Amalasunta bien sabían cuán superior era la civilización romana, aun en ruinas, al salvajismo de sus súbditos bárbaros, venidos de las selvas más ásperas de Germania y de las llanuras incultas de Escitia, pues ellos se habían educado, aunque imperfectamente, en nuestras costumbres. Respetaron, así pues, nuestras magistraturas y dieron paz a Italia, sirviéndose de los mejores y más hábiles de nosotros, pero al fin el precio fue alto, nuestros Boecio y Símaco y tantos otros pagaron su valor con la vida.

Durante más de cincuenta años se nombraron nuestros cónsules, el honor más grande que cabe a cualquier hombre, aunque ya no había Augustos ni Césares en Occidente y el cetro de la ciudad de Constantino apenas se sentía sobre Italia, donde la sangre de Teodorico el godo reinaba ya por herencia.

Después llegaron las conjuras y las muertes, y los ejércitos de Justiniano nos libraron, por un breve tiempo, de los bárbaros. Pero en Occidente ya no hubo más cónsules y ningún lictor precedió su cortejo con las fasces y las hachas, y poco después también en Oriente Justiniano abolió tan alta magistratura. Nadie podía soñar compartir el poder con él, salvo Teodora, la meretriz. Era un hombre malvado, un monstruo, si hemos de creer a Procopio.

Pero nuestro senado fue siempre independiente y orgulloso, el primero del mundo, y nuestro pueblo siempre odió a los grieguecillos y a su falsa Roma que, pese a los expolios, nunca pudo igualar la nuestra, tantas veces saqueada. Así, el senado y el pueblo de Roma, de nuevo una república, continuamos en secreto las viejas instituciones, nosotros, que también éramos los últimos creyentes en los antiguos dioses, aunque por fuera vistiésemos los hábitos negros de los galileos – no había otro remedio.

He podido saber que incluso algunos de los obispos de Roma – aquellos que fueron en verdad virtuosos, sus nombres son suficientemente conocidos para que sea preciso repetirlos – recibieron la dignidad de cónsul y, precedidos por los lictores quemaron incienso ante las imágenes sagradas de los verdaderos dioses. El secreto, la ocultación, el silencio, han sido nuestras armas. Pero el fuego sagrado nunca ha dejado de arder en el templo de Vesta, aunque sus llamas sólo sean percibidas por los ojos de los que conocen.

Así, en secreto, nuestra república se extendió por el mundo. Todo lo que ha sido bello, sabio y virtuoso desde entonces ha sido obra nuestra. Algunos de nosotros creen que llegará el día en que todo esto saldrá por fin a la luz y que de nuevo y para siempre se restaurarán los templos de los dioses y el imperio de Roma dominará de nuevo el mundo. Es posible que así sea pero, si lo pensáis bien, es irrelevante, innecesario, casi redundante. Ahora Roma entera es invisible, secreta, pero Roma es también todo el mundo. Mientras viva un hombre, Roma vivirá en él. Esta vez Roma no caerá, esta vez Roma no será destruida.


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