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Otras Termópilas (I): St. Jakob an der Birs

De todos es conocida la desaforada batalla de las Termópilas donde los 300 (con otros tantos tespios, tebanos e hilotas) se batieron contra los persas, pero esos episodios de valor excepcional no son los únicos que se han dado en la Historia. Cada pueblo que se precie de su virilidad tiene sus Termópilas, así, las batallas de Maldon, Rorke's Drift, El Álamo, Krasny Bor, los Últimos de Filipinas, la defensa de Rodas, de Malta, de la Goleta o de Cartagena de Indias, etc, etc, prueban que el coraje de los espartanos ha sido emulado sin desdoro por otros hombres de pelo en pecho.

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Inauguraremos con esta entrada una serie de artículos en la que comentaremos esas otras Termópilas, menos conocidas, pero igualmente dignas de encomio. En el hilo de los Vikings del foro y en la web podéis encontrar ya una reseña de la que es una de mis preferidas, "La batalla de Maldon".

Empezaré por una que seguro que os será desconocida a la mayoría pero que es prueba de un coraje descomunal y soberbio. Hablo de la batalla de San Jacobo en el Birs (St. Jakob an der Birs), que tuvo lugar el 26 de agosto de 1444 en el marco de la guerra de Zürich en el seno de la antigua Confederación Helvética.

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La antigua guerra de Zürich tuvo lugar entre los años 1440 y 1446 en Suiza entre el cantón de Zürich y los otros siete Cantones suizos a raíz de la sucesión del Conde de Toggenburg. La guerra en sí es lo de menos, esta batalla que os narraré no fue ni la primera ni la última de la guerra, sin embargo, aun es recordada en toda Suiza por encima de cualquier otra y por razón de la bravura desmesurada ante el invasor extranjero que se dio en ella.

En 1443 el Cantón de Zürich fue invadido por tropas de los siete cantones restantes, que pusieron sitio a la ciudad. Presionada así por sus enemigos, Zürich buscó la alianza de Federico III, a la sazón Sacro Emperador Romano-Germánico (y que sería bisabuelo paterno de nuestro buen rey Carlos I, el emperador). Federico III, ocupado en otras cuestiones, solicitó ayuda al rey Carlos VII de Francia para que este mandara un ejército para que levantara el sitio.

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Carlos VII de Francia

Carlos VII vio en esta una buena ocasión para librarse de la presencia de sus problemáticas tropas de mercenarios del partido de Armagnac que se hallaban ociosas por la tregua que había suscrito con Enrique VI de Inglaterra en el marco de la Guerra de los Cien Años (que por aquel entonces ya pasaba del siglo y a la que le quedaban aun sus buenos diez años de contienda), así que mandó al Delfín (que luego sería Luis XI) a Suiza con un poderoso ejército de 20.000 hombres (con muchas tropas de caballería y un importante número de armas de fuego y artillería).

Las tropas francesas entraron en territorio suizo en las inmediaciones de Basel, ante este hecho, los comandantes del ejército suizo que se hallaba situado en Farnsburg decidieron mandar una avanzadilla de unos 1300 hombres, para demorar en la medida de lo posible el avance enemigo. Esta fuerza se hallaba compuesta principalmente de piqueros, la mayoría de ellos jóvenes. La avanzadilla se desplazó a Liestal el 25 de agosto donde fue reforzada por tropas locales con unos 200 hombres más.

En la madrugada del 26 de agosto, los suizos pudieron sorprender y poner en fuga a la vanguardia francesa en Pratteln y Muttenz. Esta victoria parcial fue sin embargo desastrosa pues, entusiasmados los suizos por este éxito, cruzaron el río Birs para enfrentarse al grueso del ejército francés, de casi 20.000 hombres, que ya se encontraba entonces dispuesto para el combate.

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El Rhin en Pratteln

Inmediatamente los suizos de desplegaron formando tres cuadrados de picas de quinientos hombres cada uno y mantuvieron la formación cuando la caballería francesa cargó una y otra vez contra ellos, infligiendo a los franceses grandes bajas. La lucha duró durante horas y fue encarnizada y de una gran intensidad. Finalmente, cuando los cuadros suizos empezaban a debilitarse, su comandante ordenó su retirada al pequeño hospital de Saint Jakob donde se hicieron fuertes y prepararon su "last stand".
Los franceses rechazaron un ejército suizo de refuerzo que venía de Basel y las tropas de Armagnacs empezaron a bombardear duramente el hospital, causando a los suizos terribles bajas. Estos, pese a ser invitados a ello, se negaron categóricamente a rendirse y cuando los franceses iniciaron el asalto, los escasos suizos supervivientes fueron empujados en la lucha hacia el jardín del hospital donde perecieron combatiendo hasta el último hombre.

Fue justo después del combate cuando perdió la vida el renombrado caballero Burkhard VII Münch (que, partidario de los Habsburgo, se había unido al Delfín de quien fue uno de sus caballeros), que cabalgaba entonces entre los muertos y heridos y, tras levantarse el visor de su yelmo, se ufanó con la desafortunada frase: "Ich siche in ein rossegarten, den min fordren geret hand vor hunderd jar" (contemplo una rosaleda que mis antepasados plantaron un siglo atrás). Provocado por esta frase arrogante, uno de los suizos moribundos, un tal Arnold Schick de Uri, con sus últimas fuerzas le lanzó una pedrada que le golpeó en el rostro, acompañándola de esta famosa respuesta "da friss eine der Rosen!" (cómete una de las rosas), lo que hizo que el caballo se encabritara y desbocara, cayó Burkhard de la silla pero, trabado a ella, fue arrastrado por el campo de batalla, quedando su cuerpo muy quebrantado, hasta el punto de que murió de las heridas tres días después. A la muerte de su hermano Johann IX en 1461 se extinguió el otrora poderoso linaje de los Münch. Episodio notable este que sirvió de ejemplo de bravura suiza aun en la derrota y la muerte.

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Burkhard VII es alcanzado por la pedrada

Los suizos perdieron en la batalla unos 1.500 hombres, pero infligieron unas 4.000 bajas a los franceses (las 8.000 que mencionan algunas fuentes parecen una exageración).

Aunque en apariencia se trató de una devastadora derrota para la Confederación Suiza y especialmente para el Cantón de Berna, de donde provenían la mayoría de caídos, sin embargo constituyó un éxito suizo en términos estratégicos. El debilitado ejército del Delfín tuvo que retirarse sin poder levantar el sitio de Zürich, que seguía cercada por un ejército de unos 20.000 hombres, lo que a la postre supuso la victoria de la Confederación en la guerra.
El Delfín acordó la paz con los suizos en Basel y a finales de octubre de ese año firmó un tratado, tras el cual retiró incluso sus tropas de Alsacia ya en la primavera del año siguiente.

El coraje heroico de los suizos en la batalla fue celebrado por todos quienes fueron testigos de lo sucedido y pronto se extendió por toda Europa, aumentando el renombre guerrero de los helvéticos, a quienes se vería a menudo como tropas mercenarias de élite (como la guardia suiza del Papa, que en el Saco de Roma de 1527 se comportaron con igual bravura).

La batalla puso también de manifiesto la vulnerabilidad de las formaciones de piqueros ante el fuego de artillería, aunque siguieron en uso durante dos siglos más (con notables resultados, como es de ver en el desempeño de los Tercios), si bien, a partir de ese momento, la artillería y las armas de fuego en general empezaron a utilizarse de forma decisiva en la guerra, por encima incluso de otras armas. Los mencionados Tercios supieron combinar formaciones que alternaban las picas con arcabuceros, adaptando por tanto la falange y los peltastas clásicos a los tiempos modernos.

Los contemporáneos reconocieron sin duda la bravura y la tozudez de los suizos en esa batalla, pero siglos después, debido al colapso de la República Helvética napoleónica, sería cuando, ya en el marco del Romanticismo, esa batalla pasaría a simbolizar el heroísmo y la resistencia de la Confederación Suiza ante la agresión francesa.

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