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Wiros


Por primera vez Wiros vio el mar. Venía de tierra adentro, de más allá de los ríos, al norte, un país de bosques oscuros, llanuras y estepas, verde en el estío y cubierto por la nieve en el invierno, donde la vida era dura. Nunca había visto tanta agua, aunque había cruzado ríos crecidos y tierras pantanosas. Su lengua aun no tenía ninguna palabra específica para designar lo que estaba viendo, para él sólo era un gran lago, inconcebiblemente grande, que lo maravillaba, pero un lago al fin y al cabo, y así lo nombraría.

El pueblo de Wiros estaba en movimiento, cansado de la rudeza del clima. Nuevas les habían llegado de que más al sur y al oeste la tierra era más benigna, había bosques donde abundaba la caza y llanuras donde los rebaños podían pastar en libertad y donde podían sembrarse los cereales y plantas que cultivaban. También les habían dicho, los pocos mercaderes que llegaban a las estepas, que había pueblos populosos (y ricos) al sur, pero eso no les preocupaba. No tenían miedo, estaban acostumbrados a la lucha, contra las fieras, los elementos y también los hombres.

El paso de los carros tirados por bueyes hacía temblar la tierra. En ellos portaban lo poco que tenían – pieles, sobre todo, y provisiones. También las mujeres, los niños, los ancianos. Los hombres, ayudados por perros, conducían el ganado – ovejas, vacas, cerdos, caballos. Esta era su riqueza.

Wiros era alto, como todos los de su raza, los ojos y los cabellos eran oscuros y su piel blanca, pero curtida por una vida de trabajo y de lucha. Vestía con pieles. Y llevaba una lanza de madera, con la punta afilada y endurecida al fuego. En el cinturón de cuero colgaba un hacha de piedra. La había utilizado en el pasado y no dudaría en volver a utilizarla en el futuro. Era un cazador y un guerrero. Se había probado contra el lobo, el oso (cuyo nombre no era lícito pronunciar) y el jabalí, pero algunas de las cicatrices que mostraba su cuerpo eran de guerra.

Alzó los ojos hacia el cielo, donde mora Dios Padre, que acumula las nubes y blande el relámpago. El cielo era azul y brillaba el sol, la primavera estaba avanzada. Los augurios habían sido buenos y se cumplían.

Los exploradores volvían desde el sur, habían descubierto campos cultivados y pequeños pueblos más allá del bosque y también un ejército que venía hacia ellos. Los caudillos, escogidos por su valor en el combate, ordenaron detener la marcha y agrupar los rebaños en retaguardia, tras los carros. Los guerreros se dispusieron para la batalla, invocando al dios de la guerra. Combatirían a la vista de sus familias, como habían hecho en el pasado. La lucha sería cruenta. No utilizaban arcos más que para la caza, ya que los consideraban propios de cobardes, ni armaduras, que desconocían (y que igualmente desdeñarían de conocerlas), tan sólo unos escudos redondos de madera, reforzados con piel, lanzas y hachas de piedra. No tenían armas de metal, sólo los caudillos habían conseguido algunas a gran precio de los mercaderes, rudimentarios cuchillos y hachas de cobre, que lucían con ostentación. Los hombres esperaban sin temor a los enemigos, cantando e incluso riendo, bromeando sobre el combate y el botín. Para ellos el único oficio honorable era el de guerrero, las heridas y las cicatrices el más alto grado de nobleza y de gloria. Durante las noches, junto al fuego de los campamentos, después de beber aguamiel, las lenguas de desataban y entonaban cantos que contaban las gestas de los antepasados, batallas y luchas de renombre. Wiros sintió como se inflamaba su corazón con ansias de batalla y botín – oro, plata, cobre, vestidos, vino (una bebida que decían que bebían los propios dioses y que él sólo había podido probar en una ocasión y que lo enloqueció toda una noche), también provisiones para el invierno y mujeres en las que engendrar más hijos como él.

La batalla fue rápida. Los enemigos salieron del bosque y se dispusieron formando una media luna, eran muchos y tenían buenas armas, hachas de piedra afilada, lanzas y arcos, y algunos blandían espadas y hachas de cobre, yelmos y corazas de cuero con clavos de cobre y escudos de madera reforzados también con metal y piel, pero no eran tan altos ni tan fuertes como los recién venidos, ni estaban tan acostumbrados como ellos a la guerra y, lo que fue decisivo, no tenían caballos. Wiros y los suyos dieron un gran grito de guerra y corrieron hacia los enemigos, sin preocuparse por las flechas ni las lanzas que llovían sobre ellos. Algunos cayeron, heridos o muertos, pero el resto no se detuvo y chocó con furia contra la primera línea enemiga. Al mismo tiempo, desde las alas cargaron también los caballos y pronto desbarataron la línea de batalla. Wiros mató un hombre con su lanza y enseguida le arrebató al muerto las armas de metal, que hacía tiempo codiciaba. Después de un breve combate, algunos de los enemigos que aun resistían les dieron la espalda y huyeron hacia el bosque, perseguidos por los que iban a caballo, pero muchos otros lanzaron las armas al suelo, en señal de rendición.

Al principio, no sabían qué habían de hacer con ellos, hubo quien propuso matarlos a todos, no por odio, que no conocían sin ofensa previa, sino por necesidad, pues así no deberían alimentarlos, ni temer venganzas o engaños. No estaban acostumbrados a hacer prisioneros y habían sido recibidos de forma hostil, sin provocación por su parte, era de justicia matarlos, sacrificarlos a los dioses. Pero los caudillos y los ancianos fueron más sabios, no los matarían sino que trabajarían para ellos, como esclavos, y habrían de enseñarles sus artes (su magia, dijeron) y naturalmente deberían soportar también el saqueo, de casas, bienes y familias.

La tribu se quedaría una larga temporada en esa tierra, algunos permanecerían allí para siempre, pero otros continuarían su viaje hacia el sur y hacia el oeste, buscando nuevas tierras.

Mientras embriagado por la victoria y el vino, cantaba y bailaba junto al fuego, blandiendo las armas relucientes del enemigo que había matado, Wiros no sabía ni podía saber que ese día había empezado Europa.

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